Querid@s amig@s y visitantes de LCB,
Para romper el hielo y llevar adelante la iniciativa “Comparte los buenos momentos de tu vida” dentro de La Casa de Bambú, hemos decidido predicar con el ejemplo. Para ello os voy a contar uno de los momentos más importantes de mi vida.
La historia comienza el 24 de Agosto de 2009, día anterior a mi cumpleaños, aunque podría decirse que comenzó muchos meses antes. Fui a trabajar como todos los días, bastante desmotivado. El trabajo que tenía no me llenaba e incluso me frustraba bastante, hacía tiempo que había acabado un ciclo en mi vida. Trabajaba para pagar facturas e hipoteca, única y exclusivamente. Cómo diría cualquiera “no podía quejarme”, el sueldo era muy bueno y el ambiente en la empresa excepcional, pero en el fondo de mi ser sentía que algo no funcionaba. Este sentimiento me había acompañado desde hacía algo más de un año.
Aquel día Antonio, el Director General de la empresa, quiso reunirse conmigo. No sabía de qué quería hablar, pero intuí que era importante. Me llevó fuera del edificio y nos sentamos en uno de los bancos del jardín. Cuando estábamos frente a frente me preguntó qué me ocurría y charlamos sobre mi situación en la empresa.
Antonio y yo teníamos una muy buena relación (doy gracias porque la seguimos manteniendo), cosa que nos permitía hablar claramente, sin tapujos. El no estaba contento con mi rendimiento y esto le preocupaba. Se interesó por mi situación sinceramente. Cuando me contrató, él sabía de primera mano que yo me estaba planteando dejar las ventas. A pesar de ello quiso apostar por mí, y el resultado no le estaba gustando, lógicamente. Sus palabras textuales fueron: “Yo esperaba otra cosa de ti. Quizás me confundí, pero quiero ayudarte. Quiero que mañana no vengas a trabajar. Quédate en casa y cuando te levantes haz lo siguiente: coge un papel en blanco y escribe qué puedes aportar a la empresa”.

Sus palabras fueron demoledoras para mí. Como ya he contado, antes de entrar en esta empresa y después de que acabara mi contrato en la anterior, estaba en un periodo de “búsqueda”, de “reubicación” o de cambio, como se quiera ver. Por eso mi autoestima no estaba precisamente en su mejor momento. Volví a casa dándole vueltas a las duras y sinceras palabras que me había dedicado Antonio. Se podría decir que mientras conducía iba con el “piloto automático”. Me sentía indignado, frustrado y lleno de miedo por si me echaban. Me entraron ganas de llorar. Cuando abrí la puerta de casa me encontré con mi pareja y le conté lo sucedido. Ella, muy inteligentemente, me dijo que me tranquilizara, que no le diera muchas vueltas y que al día siguiente hiciera lo que Antonio me había sugerido. Esa noche me costó dormir.
Al día siguiente madrugué como cualquier otro día, me despedí de mi compañera cuando se fue a trabajar y me quedé solo en casa. Me preparé un café y me puse frente al temido papel en blanco. No sabía que poner, mejor dicho, no quería enfrentarme a la realidad.
Durante mi periodo de búsqueda, uno de mis mejores amigos y persona de referencia para mí, había emprendido un nuevo camino en su vida. Aceptó un trabajo que le encantaba y al que no se había dedicado nunca profesionalmente, y con ello había encontrado su verdadera pasión.
Esto a mi me alegraba enormemente, pero a la vez me daba una envidia tremenda (sana, por supuesto). Se lo decía abiertamente – Socio, qué envidia me das. Ojalá tuviera tan claro lo que quiero hacer con mi vida – . Lo que él no sabe (se enterará cuando lea esto, te quiero Socio) es que con su ejemplo, me había abierto un camino que internamente quería seguir.
Después de dar tres mil vueltas por la casa, con otras tres mil excusas estúpidas en mi cabeza cómo la crisis, la hipoteca, qué diría mi familia, mis amigos… volví a sentarme con mi papel y mi bolígrafo. Entonces escribí: “Yo puedo aportar a la empresa…” y paré, no podía seguir. Sólo una idea ocupaba mi cabeza: “No quiero seguir trabajando en ventas”. Este pensamiento inicial produjo un profundo debate interno que aquí no puedo reproducir por cuestión de espacio; pero me llevó a una conclusión que a día de hoy, me ha hecho atravesar una de las mejores épocas de mi vida: Emprender el nuevo camino que mi mente, mi cuerpo y todo mi ser me habían pedido a gritos durante el último año y pico. En ese momento se disiparon todos mis miedos y todas las excusas. Me sentí libre, dueño de mi destino y plenamente feliz. ¡En ese mismo instante!”Sin haber hecho nada”. Lo cierto es que había hecho mucho, cambié mi vida y decidí ser feliz.
El siguiente paso fue elaborar un plan de acción. Lo tenía fácil, llevaba un año largo dándole vueltas. Me había informado sobre lo que quería hacer, qué tenía que estudiar y dónde podría llevar cada paso a cabo. Cuando mi compañera llegó de trabajar le conté mi decisión y le consulté si me apoyaría en la parte que le tocaba. Ella me quiere de verdad, por lo que su respuesta fue clara: ¡A por ello!
Al día siguiente fui a la oficina y le comuniqué a mi jefe mi plan completo. Antonio lo comprendió perfectamente, me ofreció toda su ayuda y se portó como un señor. Nunca podré agradecérselo lo suficiente.
Llevé a cabo mi plan, engordé las listas del paro “en plena crisis”, me matriculé en el centro dónde cursaría estudios “a pesar de mi edad”, y más tarde encontré trabajo “sin haber hecho las prácticas todavía”, en lo que hoy se que es mi verdadera vocación. Por esto último puedo decir que mi pasión es mi trabajo, y como trabajo en lo que me apasiona, el trabajo es hoy diversión para mí. Lo más curioso de todo es que el sitio dónde trabajo y las personas con las que lo comparto no son cómo me había imaginado, son mejor aún.
Sigo escribiendo esta historia, MI VIDA, y puedo deciros que coger en serio las riendas, ha sido mi mejor decisión.
Raúl Maroto
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