La cabeza

Esta es la historia de un ciudadano francés, que a principios de los años 90 se presentó en la puerta del hotel Drouot de París cuando se iba a realizar una subasta de arte oriental donde había objetos de diferente valor procedentes de varios lugares, desde Egipto a Corea.

Durante la subasta, pujó por un artículo que no parecía suscitar interés por nadie: “cabeza de divinidad femenina. India, siglos VIII-XIII”. Sin esperar a que terminase la subasta, se levantó, pagó la factura y se llevó la cabeza en una bolsa de plástico.

Cuando llegó a su casa, sacó la cabeza con cuidado, la posó delante de él y la contempló. Se trataba de un rostro de mujer, apenas sonriente, con una cinta de perlas en lo alto de la cabeza y que presentaba todavía restos de policromía. Como muchas otras, había sido arrancada a golpes de pico en el siglo XIX, o incluso el XX, y vendida de modo clandestino al albur de los circuitos oscuros que expolian, desde siempre, la belleza del mundo.

Con un manual examinó el estilo y llegó a la conclusión de que debía pertenecer a un templo de Tamil Nadu, un estado al sudeste de la India.

Meses más tarde el hombre embarcó en un avión que le dejó, después de hacer muchos transbordos, en Chennai. De escasos recursos, viajaba en las condiciones más económicas posibles. Compró una vieja bicicleta y comenzó sus investigaciones. Su intención era muy sencilla: quería restituir la cabeza al cuerpo de donde había sido robada.

Lentamente se puso en camino parando en cada templo que veía, fuese mediocre o grandioso, examinado las estatuas. Examinó de este modo cientos, quizá miles, de posibles emplazamientos. Viviendo con poco, durmiendo la mayor parte de las veces al sereno, comía únicamente arroz y fruta que recogía de los árboles. Pronto cambió sus trajes europeos por un dhoti, una camisa suelta y unas sandalias. Se dejó barba, que ya era entrecana, y terminó por pasar inadvertido.

El día en que, tras más de un año de búsqueda incesante, encontró por fin el cuerpo que correspondía exactamente a su cabeza, sintió la alegría de su vida.

La estatua femenina, una apsara que sostenía en su mano derecha una hoja de palma, era ahora la única intacta entre sus compañeras mutiladas. Con una ligera sonrisa, con un pie levantado en actitud tradicional, miraba a todas partes y a ninguna.

Cuando terminó, el hombre se sentó en el suelo frente a ella y no se movió más. De vez en cuando se levantaba para ir a lavarse o para comer algo, después volvía al mismo sitio. Era feliz aunque pobre, muy pobre.

Un día notó como algo le caía en la palma de su mano. Miró: era una moneda que un visitante le acababa de dejar allí al confundirlo con un mendigo. Levantó la vista hacia la estatua y vio con claridad que ella le sonreía. Abrió la mano más y allí cayeron varias monedas y hasta un billete de una rupia.

En lo alto, la estatua seguía sonriéndole. El hombre comprendió que acababa de encontrar el lugar donde terminar sus días, y lo consideró una recompensa.

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2 pensamientos en “La cabeza

  1. Las rupias, serían la segunda recompensa. La primera y más grande, la alcanzó cuando restituyó la cabeza. Esa fue la que dotó su vida de sentido y la llenó de felicidad. Por fin había logrado su sitio.

    La segunda, las rupias, sólo fue un añadido. Cuando eres feliz, el entorno conspira tendiéndote la mano. Extraña circunstancia esta. 😉

    De nuevo : Gracias.

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