La única verdad

Esta historia no es ningún cuento o relato inventado, es un hecho real ocurrido este verano a uno de los componentes de La Casa de Bambú. Esperamos que lo disfruteis.

Era un día caluroso y soleado a principios de Agosto. Nos bajamos del ferri en Anadoli Kavagi, la última parada del crucero por el Bósforo. Es un pueblecito precioso situado en la parte asiática de Turquía, a los pies de un castillo bizantino en ruinas desde el que se puede ver la unión del estrecho con el Mar Negro.

Comenzamos a callejear y a ojear las múltiples tiendas de souvenirs y chucherías para turistas. Después de curiosear por varios establecimientos entramos en uno que, a simple vista, no se diferenciaba en absoluto de los demás. Lo regentaba un hombre de unos 35 años que charlaba y reía animadamente con su amigo que, por su atuendo y su larga barba se podía deducir que era musulmán. Iba yo mirando sin mucho interés las mercancías expuestas cuando reparé en lo que me parecieron unos “banderines” de tela preciosos, con una serie de inscripciones caligráficas árabes. Mi curiosidad pudo con mi vergüenza y, ni corto ni perezoso, les pregunte a aquellos dos hombres que decían aquellas inscripciones. Ambos se levantaron a la vez anticipándose con una sonrisa de oreja a oreja el “musulmán” al dueño de la tienda. Inmediatamente me contestó en un perfecto inglés:
-¿Eres creyente?
-No… – le respondí entre sorprendido y curioso.
-Imagino que no eres musulmán, pero… ¿No eres cristiano?
-Bueno… más o menos…- balbuceé, exagerando los gestos de poca convicción. Aquel hombre había conseguido descolocarme por completo ya que siempre he andado a vueltas con mis creencias y no me siento realmente identificado con ninguna religión en especial, pero si con algunas cosas de cada una en particular.
-¡Oh, amigo! ¡No puedes seguir así! Alá, Jesús, Buda… como lo quieras llamar… ¡Te está esperando! ¡EL está en todas partes!
-Pero…
-Yo me llamo Ibrahim. ¿Cómo te llamas?
-Raúl.
-Bien Raúl, supongo que por lo menos creerás en “la energía”.
-Si… -dije no mucho más convencido que antes.
-¡Perfecto! ¿Has leído la Santa Biblia o algún otro libro sagrado?
-Sí, la Biblia y estoy buscando un Corán en Castellano para poder leerlo; intento conocer todas las religiones porque pienso firmemente que todas contienen verdades universales.
-Muy bien. Pues si te has leído la Santa biblia no te hará falta más. La Biblia, el Corán, la Toráh… ¡Todos dicen prácticamente lo mismo! Tu, mi amigo, tu novia, aquella mujer que pasa por ahí, yo… ¡Todos somos mentira!
Hizo una pequeña pausa para después, con una calurosa sonrisa iluminando su cara, decirme:
-Querido amigo Raúl… la verdad, la única verdad… ¡Es el AMOR!

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3 pensamientos en “La única verdad

  1. eso precisamente es lo que dice siempre mi abuela Araceli.. “El mensaje de Jesús era sólo uno, amaros los unos a los otros” Amaros.

  2. Excelente relato una vez más 🙂
    Totalmente de acuerdo, las energías (positivas o negativas) y sus interactuaciones, es lo que mueve a cada individuo y, en consecuencia, al mundo.

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