Guillermo y la adversidad

Era una tarde soleada y Guillermo jugaba solo en el jardín. Transportaba arena de una punta a otra para crear una enorme presa en el reguero que había dejado la manguera, después de regar su papá.

Cuando ya la tenía casi acabada observó cómo se abría una enorme grieta en su flamante muro. Muy enfadado destruyó el dique y se sentó en un bordillo lamentándose por su mala suerte. Cabizbajo, lloró de rabia e impotencia, pero en ese momento algo llamó poderosamente su atención. Se trataba de una hormiga, en apariencia raquítica y debilucha, que arrastraba una pajita seis veces mayor que ella. Captó tanto su interés que decidió seguir el laborioso transporte de la pequeña hormiga. Se preguntaba dónde la llevaría y que iría a hacer con ella.

Cuando el pequeño insecto, tras mucho esfuerzo, había recorrido aproximadamente cinco metros, entre hierbas, grandes piedras y arena, se encontró con algo inesperado. Un inmenso reguero de agua se interponía en su camino. La hormiga anduvo para arriba y para abajo, sin soltar la pajita, buscando la manera de cruzar. Parecía desesperada.

Guillermo se percató de que ése, era el reguero que se había creado al destruir su presa y se sintió realmente mal. Pensó en ayudar a la hormiga pasándola con la mano al otro lado, pero la hormiga ya se había puesto manos a la obra. Guillermo observó con estupefacción como la hormiga había encontrado un lugar menos profundo, colocaba una punta de la pajita en el otro lado del torrente y usaba la misma como puente. Tras esta operación, y ya desde el otro lado, el voluntarioso insecto retiró con esfuerzo la pajita y continuó su camino sin contemplaciones. Sorprendentemente para el niño, la pequeña hormiga no se había amedrentado, y había hecho de su pesada carga, su salvación.

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3 pensamientos en “Guillermo y la adversidad

  1. Me viene que ni al pelo esta historia!
    Creo que voy a copiar a la hormiga… aunque siempre me parezco más al niño abatido y protestón 🙂

  2. muy bonito cuento que nos demuestra que cuando las cosas se nos tuercen, podemos enderezarlas (si queremos, claro). la capacidad la tenemos, pero…y la intencion?? 😉

  3. Una historia preciosa. Al final quedará demostrado que los animales son muchísimo más inteligentes que nosotros, pobres infelices que siempre vemos barreras donde no las hay…

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