El duende de la fortuna

Amalia era una mujer arruinada. Había perdido todos sus ahorros al emprender un negocio en el que volcó todas sus ilusiones y recursos, pero que resultó ser poco rentable. Desde entonces pasaba sus días y sus noches lamentando su mala suerte.

Una noche, cuando se disponía a cenar, alguien llamó a la puerta de su casa. Era un mercader que le pidió alojamiento por esa noche. Amalia le acogió amablemente, compartió con él su humilde cena y luego le cedió su propia cama para que pasara la noche.

A la mañana siguiente, antes de partir, el mercader le dijo:

-Has sido amable y hospitalaria conmigo, en agradecimiento te voy a confiar un tesoro. Delante de tu casa, en el viejo mercado, vive el duende de la fortuna. Su vida transcurre entre los puestos, y ayuda a los tenderos con sabios consejos para que sus negocios continúen siendo prósperos. Sólo se deja ver por aquellos que como tú, albergan generosidad en sus corazones. Ninguno de ellos te hablará de él, pero la mayoría le conocen. Si consigues verle no tendrás que preocuparte nunca más por nada; podrás conseguir todo lo que desees y vivirás en paz el resto de tu vida.

Amalia se puso muy contenta. Cuando el mercader partió, ella fue hacia el mercado y comenzó a buscar al duende de la fortuna.

“Con un poco de suerte -pensaba- lo sorprendo mientras duerme y antes de que se dé cuenta lo habré cazado”.

Pero el duende de la fortuna era muy sabio y muy viejo, y además poseía la facultad de leer el pensamiento; por eso, cada vez que Amalia se acercaba al puesto dónde él estaba, captando su ansia, se trasladaba a otro puesto.

Así pasó el tiempo. Cada vez que Amalia se acercaba, el duende de la fortuna se cambiaba de puesto. Amalia había buscado en casi todos los puestos, y aprovechaba para charlar con los tenderos sobre la marcha de sus negocios. Estos le transmitían sus experiencias y los secretos para que sus negocios siguieran siendo prósperos.

De esta manera, Amalia aprendió mucho y se dio cuenta de las causas que llevaron su anterior negocio a la quiebra. Llegó el día en que alquiló un pequeño puesto en el mercado para montar un nuevo y prospero negocio. Estaba tan atareada que ni se acordaba del duende de la fortuna. Por su parte, el duende había dejado de temerla. No captaba en ella ningún ansia de fortuna.

Una mañana, estaba Amalia como de costumbre abriendo su puesto, cuando el duende de la fortuna apareció a sus pies. Estaba durmiendo allí plácidamente, ya que aquel puesto le transmitía paz, y no había podido detectar en la mente de Amalia ni un solo pensamiento codicioso que le avisara de su presencia.

2 pensamientos en “El duende de la fortuna

  1. El deseo de poseer es sin duda lo que nos aleja a cada instante de lo que más anhelamos. Deja de anhelar y todo te será dado…….

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