Bahía Costumbre

Tanto si crees que si, como si crees que no, estas en lo cierto.” Henry Ford.

-¡Ya llegan! ¡Ya llegan!- se escuchaba por todo el pueblo. Don Venancio posó sus gafas sobre el escritorio y salió al balcón expectante. Le disgustó mucho lo que vio. Como todos los días durante los últimos meses, los pescadores del pueblo volvían de faenar atravesando el camino del norte con las manos vacías, en pequeños grupos. Las mujeres y los niños salían esperanzados a las puertas de sus casas esperando que ese día hubiera habido más suerte, pero como empezaba a ser costumbre, un día más sólo podrían echarse a la boca un cuscurro de pan rancio cómo el sabor de la escasez.

Don Venancio  tenía dos pasiones muy marcadas: la docencia que llevaba 30 años ejerciendo y la pesca. Siempre decía que eran muy parecidas ya que ambos, pescadores y maestros, utilizaban redes. Los primeros para sacar peces del mar y alimentar estómagos hambrientos. Los segundos para sacar personas de las corrientes de la ignorancia y alimentar mentes igualmente hambrientas. Esa noche la dedicó a “tejer” sus redes, quería encontrar una solución para aliviar la pesada carga de aquellas humildes personas.

A la mañana siguiente sus queridos alumnos se encontraron al viejo profesor en la puerta de la escuela, con una sonrisa de oreja a oreja y varias cañas de pescar a sus pies.

-¡Buenos días! ¿Dispuestos a sacar muchos peces hoy?- les dijo mientras repartía cañas de pescar y cebos.

-Pero Don Venancio… ¿se ha vuelto loco? ¡No hay pesca desde hace meses! Todo el pueblo lo sabe.- se aventuró a increpar Martin, un niño muy despierto y descarado.

-Martin, hijo… ¿y tu cómo lo sabes?

-Me lo ha dicho mi padre. Además le veo volver de faenar todos los días sin pesca y maldiciendo su mala suerte. ¿Se burla de nosotros?- unas leves risillas llenaron el silencio.

-Interesante Martin… te lo ha dicho tu padre… ¿Y tú qué piensas hacer?

-Pues… nada…-respondió incomodo el niño- ¿Qué pretende que haga? ¡Si no hay pesca!

-Queridos niños, hoy aprenderemos la “Ley de la abundancia”. Coger vuestras cañas, el cebo y seguidme por favor.- dijo el maestro mientras tomaba el camino del sur.

-Pero… ¿dónde vamos? El puerto esta  hacia el norte.- comentó Martin pensando que su maestro se había vuelto loco.

-No te preocupes, tan solo sígueme.- contestó cariñosamente el anciano.

Tomaron el camino del sur hasta que llegaron al gigantesco puente romano que atravesaba el rio. El profesor les ayudó a poner los cebos y colocar las cañas. Esperaron pacientemente y en silencio como había sugerido Don Venancio. Miraban expectantes los hilos de las cañas y se ponían nerviosos ante la falta de acontecimientos hasta que ocurrió. Los hilos comenzaron a moverse y los chicos comenzaron a sacar peces, uno tras otro, hasta que no tuvieron cestas suficientes para transportarlos. Todos se mostraron eufóricos y agradecidos por tan maravilloso acontecimiento, todos menos Martin, que se mostraba enfadado. El profesor se acercó a Martin y todos los niños se callaron al percatarse del enfado de su compañero.

bahía costumbre

-¿Qué te ocurre chico? ¿Por qué te enfadas?

-¿Cómo no voy a enfadarme Don Venancio? Llevamos meses pasando penurias por la falta de pesca y resulta que teníamos la solución al alcance de la mano. ¡Mi padre y todos nuestros mayores nos han mentido!

-Martin, hijo, antes de juzgar es de vital importancia hacernos las preguntas adecuadas. De esas preguntas dependerá mucho nuestro aprendizaje y nuestra felicidad.- el chico asentía atento mientras el profesor se dirigía al resto de la clase- Queridos niños. ¿Cuáles son las preguntas que deberíamos hacernos para aprender bien esta lección?

Varias manos se alzaron al mismo tiempo.

-Ari, por favor, responde.

-Creo que la principal sería: ¿Qué aprendemos de esta situación?

-Muy bien ¿La siguiente Hugo?

-¿Qué hicimos para conseguir peces?

-Excelente ¿Begoña?

-¿Cómo lo hicimos?

-Fantástico, estoy muy orgulloso de teneros como alumnos a todos, pero aún falta otra pregunta. ¿Quieres decírnoslo tu Martin?

El chico ahora sonreía con los ojos brillantes.

-¡Claro que sí Don Venancio! ¿Por qué estábamos convencidos de que no conseguiríamos pesca?

Satisfecho con las respuestas de sus alumnos el maestro concluyó:

-A todas estas preguntas, y a modo de reflexión, yo añadiría dos más: ¿Hicimos todo lo que estaba a nuestro alcance? ¿Pudimos hacer más?

La casa de bambú - Gotas de sabiduría minúsculaFuente: Libro “La casa de bambú – Gotas de sabiduría minúscula”

Autor: La casa de bambú.

Ilustración: Alberto Bernal

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